Dime qué cuentas en Facebook y te diré cómo te encuentras

Nos gusta compartir, mostrar al mundo lo que hacemos o lo que nos gusta a través de las redes sociales. Y yo me pregunto ¿eso es bueno siempre?

Como todo en esta vida, es cuestión de medidas. ¿Compartimos o nos exhibimos?, ¿Mostramos todo?, ¿Y la privacidad, dónde queda?, ¿Qué me quieres contar realmente con lo que cuelgas en las redes?, ¿Qué te sucede?, ¿Cómo está tu vida: llena o vacía?

Prohibido sentirse mal

Todo va rápido, tan rápido que parece no haber tiempo para mirar detenidamente en el interior de las personas que nos importan. No hay tiempo para nada. No hay tiempo para llorar o quejarse. Hay que estar siempre “a tope”, alerta, en forma, listos para lo siguiente, mirando hacia adelante en lugar mirar lo que tenemos delante. Perdiéndonos el presente, lo real.

Empleando un símil automovilístico: no se permite la Pausa ni el Stop. Hay que avanzar, seguir en marcha. Si alguien va más lento o no avanza lo suficiente, se le mete prisa para que vaya al ritmo que queremos.

Y esto es así no sólo al mando de un volante, sino en nuestra vida cotidiana. Trasladado al ámbito del bienestar viene a decir lo siguiente: si alguien nos cuenta que no se encuentra bien (que está en Pausa o Stop) queremos ayudar a base de “empujarle a seguir avanzando”, sin pensar que tal vez en ese momento no puede correr más y nuestro empeño en que espabile y se anime (como si eso se pudiera hacer solo con desearlo) solo le hará sentirse peor.

Facebook como espejo deformante

Vivimos en un mundo donde las fotografías con frases hechas bonitas y optimistas recorren las redes sociales, donde cada día vemos decenas o centenas de publicaciones de nuestros contactos, que publican cosas que la mayoría del tiempo parecen maravillosas, divertidas, que muestran la cara amable de la vida.

Eso no es malo en sí mismo, por supuesto. Sin embargo está generando una visión distorsionada del mundo y de quienes nos rodean (y con quienes –en muchas ocasiones- no nos comunicamos más allá de las redes).

Parece que la soledad y la tristeza no tienen cabida, es como si fueran lugares inexistentes. En los estados de Facebook las quejas o expresiones de malestar quedan relegadas a mensajes relacionados con temas políticos o sociales. Y si tenemos algún contacto que sí expresa abiertamente su malestar personal huimos de él como de la peste, tachándole de “cansino” o pesimista y no queriendo saber qué se oculta detrás de su queja por si se nos contagia el malrollismo.

Son ya muchas las personas interesadas en este tema, que han comprobado a través de mini-experimentos que si publicaban cosas positivas y cosas negativas, el número de Likes era mayor para las publicaciones positivas. ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Acaso queremos vivir sin sentir, anestesiados para el dolor?

¿Hay alguien ahí que quiera escucharme?

Mi propio análisis del tema de las redes sociales me ha conducido a la siguiente conclusión: en muchas ocasiones usamos Facebook como sustituto de la comunicación personal. Es un grito de auxilio, un modo indirecto y silencioso de decir: ¡¡ eh, vosotros, los que estáis al otro lado, leer entre líneas… porque no estoy bien y necesito que alguien me escuche!!

No queremos ser invisibles.

Si somos observadores y usamos un poquito la intuición, es muy probable que seamos capaces de hacer esa lectura sutil y ver qué hay detrás de las publicaciones en Facebook de nuestros amigos  y/o familiares.

¿Acaso no habéis notado con algún amigo/a que multiplica por diez su presencia en Facebook cuando algo le va mal? En ocasiones llenará su muro de frases hechas que hagan alusión a su estado emocional (dolor, rabia, traición, tristeza…) y en otras lo que hará es publicar a los cuatro vientos todo cuando hace y lo bien que está. Si antes no contaba cuanto hacía, CUIDADO; seguramente es una señal de que en realidad algo va mal.

Cuando una persona tiene una vida social y familiar plena, cuando se siente arropado y comprendido, cuando cuenta con gente con la que compartir lo que de bueno o malo hay en su vida, no necesita exhibirse ante todos sus contactos y publicar cosas constantemente.

Cuando alguien está satisfecho con la vida que lleva, no necesita que otros llenen de “Me gusta” sus actividades cotidianas para sentirse reconfortado. Dedica su tiempo a disfrutar la vida, a estar en el “aquí y ahora” y no siente la necesidad de interrumpir la actividad que le ocupa para contar al mundo lo que hace.

Si eso es así, debes hacerte la pregunta de si lo que haces no te llena y necesitas que otros le den al Like para convencerte a ti mismo de que todo está  LIKE

Probemos a hablar con alguien real

Ya, ya sé que a veces no es fácil.

Entiendo tus reticencias, ya que desde hace tiempo vengo notando que fuera del mundo virtual puede resultar difícil tener una conversación sincera con alguien que esté dispuesto a escuchar que estás triste, cansado, preocupado, confuso, enfadado… sin que acabes sintiendo que no te escuchan de verdad o que el oyente se siente incomodo o violento con lo que cuentas.

La actitud más común del oyente ante la expresión de nuestro malestar, suele ser un discurso casi aprendido que consiste en recibir de vuelta frases del estilo de: no debes quejarse, no puedes estar todo el tiempo diciendo lo mal que te sientes, anímate, te comprendo pero debes seguir adelante, ya está bien de tanto llorar, lo tuyo no son problemas tan graves…mira cómo esta “fulanito/a”, hay mucha más gente en tu situación, debes superarlo ya, ¿y qué quieres que yo le haga?, etc.

Debo confesar algo: me asusta un poco ver que estamos todo el tiempo tratando de evadir, disimular o esconder los sentimientos negativos, y que del mismo modo, nos sentimos incómodos cuando otros nos hablan de ellos.

Es muy sano expresar nuestras emociones (buenas y malas), es muy reconfortante compartir, sentirse escuchado.  Sin necesidad de que la queja se vuelva constante, ni que las conversaciones giren siempre en torno a lo negativo, es muy saludable poder compartir con alguien esos sentimientos que nos provocan ansiedad, dolor o tristeza.

Recuerda que somos lo que pensamos, y que hablar de lo que nos inquieta y sentirnos escuchados y comprendidos puede ayudar a que esos pensamientos se tornen más positivos y con ello nos sintamos con fuerzas para cambiar. Por más que quieras que el sol brille con fuerza todos los días, también hay días de lluvia. Empápate de ella, sin miedo, déjate calar, desahoga tu malestar y busca de nuevo el calor y la energía del sol para seguir adelante, para mejorar.

Te invito a que la próxima vez que alguien se acerque a contarte algo que no es positivo, te des y le des unos minutos para escuchar, para entender qué es lo que sucede y de qué manera puedes ayudar. A veces la manera de ayudar está delante de tus ojos: simplemente escucha para comprender, no para contestar;  haz que se sienta apoyado, nada más.

Texto redactado por: Esther González Jiménez. Psicóloga Clínica.

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